¿Cómo distinguir los fallos de memoria benignos de los signos tempranos de una demencia?

Igor Bombín.
Neuropsicólogo y Director Clínico de Reintegra.

 

Los que ya estamos entrados en la cuarentena nos resulta inevitable mirar a nuestros padres y madres con cierta preocupación. Al igual que os ocurrirá a los más jóvenes con vuestras abuelas y abuelos. Ni qué decir tiene a quien ya ha cumplido los 60 y bastantes y percibe que sus habilidades intelectuales no son lo que solían ser. La percepción de que nuestras propias habilidades cognitivas o la de nuestros mayores han mermado en los últimos meses o años nos genera cierta ansiedad: ¿será normal? ¿o serán los inicios de una demencia? En este artículo os voy a presentar las CINCO claves para distinguir las dificultades cognitivas propias de la edad de las que pueden estar sugiriendo que estamos ante una patología cerebral.

En cualquier caso, la forma más fiable de aclarar las posibles sospechas sobre el funcionamiento cognitivo de una persona es realizar una evaluación neuropsicológica por un especialista en el área. Ante la mínima sospecha, te animo a que busques un profesional de confianza porque la intervención temprana es fundamental para preservar el máximo tiempo posible la autonomía y calidad de vida de la persona.

Antes que nada, permitidme que os hable de qué es el envejecimiento sano y las consecuencias que tiene a nivel cognitivo. Los seres humanos, como todos los organismos vivos, envejecemos y como resultado, nuestros órganos y funciones vitales se deterioran. El cerebro es un órgano físico y, como tal, también sufre este deterioro, que podemos ralentizar cuidando los factores vasculares y de salud general (hacer ejercicio físico, cuidar la dieta, evitar el alcohol y tabaco, etc.) y manteniendo una rutina cognitivamente activa o demandante. Por lo tanto, todos nosotros y nosotras sufrimos, o sufriremos, un deterioro de nuestras habilidades cognitivas que será más notorio a partir, aproximadamente, de los 60 años. Es, por tanto, un fenómeno universal: aunque variará según factores como la genética, historia previa, salud general, hábitos de salud y actividad cognitiva (pasada y presente). Eso significa que no toda pérdida de habilidades cognitivas es patológica o indicativa de estar padeciendo una enfermedad cerebral. A veces, sólo indica que nos estamos haciendo mayores. La clave está en determinar si la magnitud de la pérdida de habilidades cognitivas es mayor que la propia del envejecimiento normal o saludable.

Otra aclaración importante es que tendemos a identificar la memoria como la habilidad cognitiva por excelencia y, por tanto, la que determina el funcionamiento cognitivo global de la persona. Esto es falso en dos sentidos: (1) existen otros procesos cognitivos, algunos tan importantes o más que la memoria, como las funciones ejecutivas, el lenguaje, la atención, etc.; y (2) la memoria no es un proceso unitario, es decir, hay varios tipos de memoria. Con frecuencia, cuando entrevisto a una persona con sospecha de demencia o que ha sufrido un ictus u otra forma de daño cerebral, la familia me dice “de la cabeza está muy bien, se acuerda de cosas de hace mucho, como su DNI, números de teléfono de su casa de toda la vida…”. Sin embargo, el proceso de memoria más sensible al envejecimiento y a la presencia de una patología neurodegenerativa (demencia) es la capacidad de aprender cosas nuevas y lo que vemos es que la persona se puede acordar de datos del pasado, pero tiene dificultad para contarnos que comió ayer, con quién estuvo o de qué habló el último fin de semana, o el contenido de la noticia que leyó o escuchó esta mañana.

Dicho esto, aquí van las cinco claves que os ayudarán a distinguir los fallos cognitivos propios del envejecimiento de aquellos que sugieren un proceso patológico:

  1. Dificultad para realizar actividades cotidianas.
  2. Tomar conciencia de nuestras dificultades cognitivas surge de la percepción de que no somos capaces de realizar nuestras actividades habituales con la rapidez o agilidad con que las hacíamos previamente. Darse cuenta de que tardamos más tiempo, cometemos más errores, no somos tan eficaces, el resultado no es tan bueno como lo solía ser, etc. nos sugiere una merma de nuestras capacidades. Esto sirve para actividades más intelectuales, como las relacionadas con el trabajo, llevar las cuentas de casa, hacer pasatiempos, etc., como para actividades relacionadas con el cuidado del hogar: cocinar, hacer las compras, cuidar de otras personas (niños o mayores), organizar una maleta o un viaje, gestionar el dinero, etc.
    Pueden aparecer fallos o despistes frecuentes, dar la impresión de que la persona no es capaz de planificar bien lo que va a hacer u, observándola, parece que va como “un pollo sin cabeza” (se desorganiza), o se reitera en hacer siempre lo mismo y de la misma manera repite los menús cada semana, todos los días hace exactamente la misma rutina, etc.). Estos fenómenos mantenidos en el tiempo son indicios de un posible deterioro cognitivo, especialmente de las funciones ejecutivas y de la de la memoria.

  3. Descenso de la actividad social.
  4. Un hallazgo frecuente cuando entrevisto a personas mayores con deterioro cognitivo y a sus familiares es que una de las primeras actividades cotidianas que abandona la persona con dificultades cognitivas es el contacto social: deja de quedar con amigos/as, reduce las actividades grupales (el grupo de gimnasia o pilates, los talleres del centro social, la partidina…), las comidas familiares, las reuniones con mucha gente, etc. Es un hecho que suele ir “camuflado” con otras excusas (“ya no es lo de antes”, “es que ya la gente juega de otra manera”, “no van los mismos”, “han cambiado el horario”, “es que fulanita está siempre con lo mismo”, etc.) y que refleja una dificultad para mantener la atención a los demás, a una actividad compartida, dificultad para recordar conversaciones previas (“¿qué me había contado Marisa de su cuñado…?”) o, incluso, para tener la paciencia necesaria para estar con más personas. De hecho, nuestras habilidades sociales y capacidad de empatía también pueden verse alteradas por una enfermedad cerebral y suele mostrarse con cierta tendencia al aislamiento.

    aislamiento social

  5. Cambios emocionales y de personalidad.
  6. Como señalaba al principio, no todo es memoria. Incluso no todo se refiere a las capacidades cognitivas o de pensar. Uno de los síntomas más característicos de patologías cerebrales, degenerativas o no, son los cambios emocionales o incluso de la personalidad o el carácter de la persona. Hay que estar muy pendientes de si la persona muestra más estrés, ansiedad o preocupación que previamente: se preocupa por pequeñas cuestiones que antes llevaba bien, da la sensación de que siempre hay un motivo para estar preocupada/o, no puede librarse de la preocupación, incluso cuando está haciendo otra cosa, le asaltan las preocupaciones, etc. Algo similar ocurre con la tristeza y sensación de desesperanza.
    Por otro lado, son de especial significación los cambios de carácter. No se trata de que la persona cambie radicalmente su forma de ser, pero sí puede aparecer una magnificación o exageración de rasgos previos: se vuelve más irritable, más irascible, impaciente, más cabezota, sus manías se exacerban, se vuelve suspicaz (sospecha de otras personas o de sus intenciones). En otras ocasiones, los cambios van más en la dirección de mayor desinterés, abulia, apatía… dejan de hacer cosas que antes le interesaban e incluso su expresión facial se vuelve más “apagada” o inexpresiva.

  7. Inicio brusco
  8. Es importante determinar el ritmo en el que se han producido estos cambios mencionados en los puntos anteriores. Dado que la mayoría de ellos son propios del proceso normal de envejecimiento, si se suceden de forma muy paulatina, a lo largo de los años, de una forma que parece natural, no deberían preocuparnos. Por el contrario, si percibimos estos cambios a lo largo de meses, con una merma en su funcionamiento que nos llama la atención y no somos capaces de identificar un suceso que los motive, supone una señal de alarma.

  9. Descartar otros factores: estrés, falta de sueño, medicación, cambios de hábitos…
  10. Cuando explico a familiares y amigos a qué me dedico, prácticamente la mayoría de personas (no importa su edad) me dice “¡¡Pues yo estoy fatal de memoria!!” o “¡¡Me tendrías que pasar a mí esas pruebas que haces!!”. Lo que habitualmente hay detrás de esta afirmación es que, efectivamente, la persona percibe un deterioro de sus capacidades cognitivas, pero suele ser pasajero y secundario a otros factores. ¿Por qué sucede esto? Porque nuestro funcionamiento cognitivo está estrechamente ligado a nuestras emociones y a nuestro estado de salud general. Así, una de las mayores interferencias sobre nuestras facultades cognitivas es el estrés: las prisas, agobios, el-no-parar, la urgencia, el estar a mil cosas… merma nuestras habilidades intelectuales; eso sí, de forma temporal. Una vez recuperamos la calma, volvemos a funcionar como habitualmente, a no ser que mantengamos esta situación de estrés durante mucho tiempo (pero eso merece otro artículo).
    La falta de sueño o no tener un sueño reparador es otro posible factor temporal. Ocurre algo similar con los cambios de ritmos circadianos (las personas que trabajan a turnos); los cambios de rutinas y hábitos que nos pueden generar una confusión general. Por otro lado, si estamos tomando fármacos nuevos, conviene leer con detalle el prospecto por si puede tener efectos secundarios a nivel cognitivo (somnolencia, descenso de la atención-concentración, etc.).
    Tiene especial interés el inicio de la jubilación, por lo que supone en cuanto a cambios de hábitos. Esto puede suponer pasar de una vida cognitivamente muy estimulante a una rutina menos exigente. El cambio tan brusco de ritmo puede generar mayor “torpeza intelectual”, por eso es importante cuando llegue el momento ir incorporando a la rutina diaria actividades que resulten cognitivamente estimulantes.

Como conclusión…

Ante la sospecha de que se estén produciendo algunos de estos cambios y se puedan deber a los inicios de una demencia u otro proceso que afecte al cerebro, acude con celeridad un/a neuropsicólogo/a con experiencia en este ámbito. El equipo de neuropsicología de Reintegra tenemos la experiencia, conocimientos, instrumentación y metodología necesarias para realizar una valoración neuropsicológica de calidad que permita aclarar si el funcionamiento cognitivo de una persona es indicativo de estar en las fases iniciales de una demencia o si se trata del proceso normal de envejecimiento. Ante cualquier duda, consúltanos.

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